"¿Qué debo hacer? ¿De que soy culpable?"
-pensó.
-¿Cómo está el músico? -fue la primera pregunta
que hizo al entrar ya tarde en su casa.
-Está bastante mal -respondió brevemente y con
voz sonora Zakhar-. Se pasa el tiempo tosiendo y
suspirando sin decir una palabra. Varias veces me ha
pedido aguardiente, y le he dado ya un vasito. De lo
contrario era de temerse que le perdiéramos. Es
corno el empleado...
-¿Ha tocado el violín?
-Ni siquiera lo ha mirado; dos veces se lo llevé y
cogiéndolo con cuidado me lo ha devuelto siempre
-respondió Zakhar sonriendo-. ¿No ordenáis que se
le dé de beber?
-No; esperemos un día y veremos lo que pasa.
¿Qué hace ahora?
-Está encerrado en el salón.
Delessov pasó a su despacho y tomó algunos l i-
bros en francés y el Evangelio en alemán.
-Mañana ponle estos libros en su cuarto, y cuid a-
do con dejarle salir -le dijo a Zakhar.
A la mañana siguiente, Zakhar informó de que el
músico no había dormido en toda la noche, y que
había tratado de abrir las puertas, pero que gracias a
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LEÓN TOLSTOI
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sus cuidados estaban bien cerradas; díjole además
que, haciéndose el dormido, había oído a Alberto
hablar bajo, agitando con fuerza las manos.
Alberto volvióse de día en día más sombrío y
más silencioso. Parecía como si le inspirase miedo
Delessov, y cada vez que sus miradas se encontr a-
ban, se advertía en su rostro una sensación inusitada
de espanto. No tocó ni los libros ni el violín, y
guardaba el silencio más absoluto cuando se le pr e-
guntaba algo.
Algunos días después de haber dado albergue al
músico, llegó Delessov a su casa bastante tarde,
notándose en él mucho cansancio y contrariedad.
Durante todo el día había estado haciendo gestiones
para cierto negocio que le pareció muy fácil y, como
pasa casi siempre, a pesar de todo su cuidado, no
había obtenido lo que deseaba. Además, en el club
había perdido algo y estaba de muy mal humor.
-¡Que Dios le proteja! -respondió a Zakhar, el
cual le explicaba la triste situación de Alberto-. Ma-
ñana le preguntaré definitivamente si quiere queda r-
se en casa y seguir mis consejos. Si no, peor para él;
me parece que he hecho todo lo que he podido.
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La palabra "todos" se refería los hombres en g e-
neral y en particular a aquéllos con quienes había
hablado por la mañana.
"¿Qué será de él ahora? ¿En qué piensa?, ¿qué es
lo que le entristece? ¿Echa de menos el desarreglo y
humillación en que vivía, la mendicidad de donde le
he sacado?" Evidentemente ha caído muy bajo para
que pueda acostumbrarse de nuevo a una vida ho n-
rada...
"No, es una chiquillada -dijo Delessov-. ¿Por qué
me he de meter a corregir a los demás? Que Dios
me permita arreglarme a mi mismo." Quiso dejarle
marchar enseguida, pero reflexión ó un momento y
lo dejó para el día siguiente.
Durante la noche, Delessov despertó con el ru i-
do de una mesa que se había caído en la antesalas, y
oyó voces y pasos en la misma. Encendió una bujía
y escuchó con ansiedad...
-Esperad, que iré a llamar al amo -decía Zakhar.
Alberto murmuraba palabras incoherentes, De-
lessov saltó del lecho y con la bujía en la mano c o-
rrió a la antesala. Zakhar, en traje de noche, estaba
de pie delante de la puerta. Alberto, con el sombr e-
ro y el abrigo, trataba de apartarle de la puerta, gr i-
tando con voz quejumbrosa.
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LEÓN TOLSTOI
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-No podéis impedirme el paso, tengo el pas a-
porte; yo no me llevo nada, podéis registrarme si
queréis; iré al jefe de policía.
-Permitidme -dijo Zukhar a su amo, mientras
continuaba defendiendo la puerta con la espalda-.
Se ha levantado esta noche, ha encontrado la llave
de mi abrigo y se ha bebido una botella entera de
aguardiente azuca rado. ¿Está bien eso? Y ahora
quiere marcharse.
-¡Nadie puede detenerme! No tenéis ese derecho
-gritaba elevando cada vez más la voz.
-Quítate de ahí, Zakhar -dijo Delessov, y di-
rigiéndose a Alberto:
-Yo no quiero ni puedo deteneros, pero os acon-
sejo quedaros hasta mañana.
-Nadie puede detenerme, iré a ver al jefe de pol i-
cía -gritaba cada vez con más fuerza Alberto, dir i-
giéndose tan sólo a Zakhar y sin mirar a Delessov-
¡Ladrones! -gritó de pronto con espantosa voz.
-Pero, ¿por qué gritáis así? Nadie os detiene Za-
khar abriendo la puerta.
Alberto cesó de gritar.
-¡No lo habéis logrado! ¿Queríais matarme?
¡Pues, no! -murmuró tomando sus zapatos de goma.
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Sin decir adiós y mascullando palabras inco m-
prensibles, salió; Zakhar le alumbró hasta la puerta y
volvió.
-¡Gracias a Dios! Hubiera acabado mal -dijo a su
amo-. Ahora hay que mi rar los objetos de plata, a
ver si están todos.
Delessov movió la cabeza sin responder. Acor-
dábase de las dos primeras veladas pasadas con el
músico; los días tristes que por su culpa había pas a-
do Alberto, prin cipalmente se acordaba del sent i-
miento mezclado de ad miración, de amor y de
piedad, que desde el primer momento le inspiró ese
hombre extraño.
Empezaba a compadecerle. "¿Qué va hacer, sin
dinero, sin ropa, solo en medio de la noche?..." Qui-
so mandar a Zakhar en su busca, pero ya era tarde.
-¿Hace mucho frío? -preguntó Delessov.
-Una helada muy fuerte -respondió Zakhar-. Ha-
bía olvidado deciros que se tendrá que comprar leña
antes de la primavera.
-¿Cómo es posible? Tú habías dicho que aún
quedaría...
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LEÓN TOLSTOI
44
VII
En efecto, afuera hacía muchísimo frío; pero A l-
berto no lo sentía por la excitación que le produj e-
ron el vino y la discución.
Una vez en la calle volvió la vista y se frotó las
manos de contento. La calle estaba desierta y brill a-
ban aún en ella las largas filas de faroles. El cielo
estaba estrellado. "¡Bah!" -exclamó dirigiéndose a la
ventana alumbrada de Delessov, metiendo las m a-
nos bajo el pardesú en los bolsillos del pantalón.
Con el paso indeciso y el cuerpo inclinado hacia
adelante, iba Alberto por la derecha de la calle. Se n-
tía en el estómago y en las piernas una pesadez e x-
traordinaria; un ruido extraño llenaba la cabeza; una
fuerza invisible le tiraba de un lado a otro, pero él
seguía avanzando en dirección a la casa de Anna
Ivanovna.
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En su cabeza germinaban ideas extrañas e i n-
coherentes. Unas veces acordábase de su última dis-
cusión con Zakhar; otras, de su madre y su primera
llegada a Rusia en el barco; o bien de alguna noche
pasada en compañía de un amigo en la tienda por
delante de la cual pasaba; ora en su imaginación
empezaba a cantar los trozos que se le ocurrían,
acordándose del objeto de su pasión y de la noche
terrible pasada en el teatro.
Pero, a pesar de su incoherencia, todos estos r e-
cuerdos se presentaban a su imaginación con tanta
claridad, que cerrando los ojos no sabía darse
cuenta de cuál era la realidad, si lo que hacia o lo
que pensaba. No se acordaba de nada, ni sabía por
qué sus piernas se adelantaban sin querer, y tamb a-
leándose daba contra las paredes; miraba alrededor
y pasaba de una calle a otra. Sentía y se acordaba tan
sólo de las cosas extrañas y embrolladas que en su
imaginación se sucedían y se presentaban.
Al pasar cerca de la pequeña Moraskaia, Alberto
tropezó y cayó, y, como despertado por un m o-
mento, vióse delante de un magnífico edificio. En el
cielo no se veían ni estrellas ni luz; tampoco había
luz en la tierra, pero todos los objetos distinguíanse
claramente. En las ventanas del edificio que se l e-
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vantaba al final de la calle, brillaban algunas luces,
que oscilaban como débiles reflejos. El edificio se
iba acercando cada vez más donde estaba Alberto;
destacándose más netamente... pero las luces des a-
parecieron al penetrar Alberto por sus anchas
puertas. El interior era sombrío, los pasos reson a-
ban sonoros bajo la bóveda, y, al acercarse, las
sombras se desligaban y huían. "¿Por qué he venido
aquí?" -pensó Alberto; pero una fuerza invisible le
empujaba adelante hacia el fondo de una inmensa
sala... Allí había un estrado alrededor del cual había
mucha gente en silencio. "¿Quién hablará?"
-preguntó Alberto. Nadie respondió, pero le desi g-
naron el estrado. Sobre el mismo estaba ya un
hombre alto, delgado con las cabellos erizados y en
traje de casa. Alberto conoció enseguida en él a su
amigo Petrov. "¡Qué extraño es que esté aquí!"
-pensó Alberto-. "¡No, hermanos míos! -decía Pe-
trov señalándome a mí-, no habéis comprendido a
un hombre que vivía entre vosotros; no lo habéis
comprendido! No era un artista cualquiera, ni un
tocador mecánico, ni un loco, ni un hombre perd i-
do; era un genio, un gran genio musical despreciado
por todos nosotros.”
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Alberto comprendió al momento de quién h a-
blaba su amigo, pero por no molestarle, por m o-
destia, bajó la cabeza.
-En él, ese fuego sagrado de que todos nos ser-
vimos, lo ha consumido todo como una simple paja.
Pero él ha cumplido cuanto Dios puso en él, y por
eso debemos llamarle un gran hombre. Vosotros
podíais despre ciarle, hacerle sufrir, humillarle
-continuó elevando cada vez más la voz-. Pero era y
será infinitamente supe rior a todos vosotros; nos
desprecia a todos, pero se consagra tan sólo a lo que
le viene de arriba. Ama una sola cosa, lo bello, el
solo bien indispensable en el mundo. ¡Sí; hele aquí,
éste es! ¡Caed todos ante él de rodillas! -gritó en voz
alta-.
En este momento surgió otra voz al otro lado de
la sala. -Yo no quiero arrodillarme delante de él
-dijo la voz, en la que Alberto reconoció a Delessov.
-¿Por qué es grande? ¿Y por qué hemos de incl i-
narnos delante de él? ¿Se ha conducido con lealtad?
¿Ha sido útil a la sociedad? Sabemos que ha pedido
dinero prestado y que no lo ha devuelto; que tia
empeñado el violín de uno de sus amigos...
-"Dios mío, ¿cómo sabe todo eso?" -pensaba Al-
berto bajando cada vez más la cabeza.
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-¡Sabemos que por el dinero adulaba a los ho m-
bres! -continuó Delessov-. ¿No sabemos acaso c ó-
mo le despidieron del teatro? ¿Cómo Anna
Ivanovna quiso entregarle a la policía?
-¡Dios mío!, todo eso es verdad, pero defiénd e-
me, tú eres el único que sabes por qué he hecho
todo eso -pronunció Alberto.
-Basta ya, tened vergüenza -replicó de nuevo la
voz de Petrov-. ¿Qué derecho tenéis para acusarle?
¿Habéis vivido su vida? ¿Habéis experimentado su
embeleso?
"Es verdad, es verdad" -murmuró Alberto.
-El arte es la manifestación más grande de la
potencia humana. Es el privilegio de los pocos el e-
gidos, que los eleva a una altura en que la cabeza
gira, y es difícil mantenerse incólume. En el arte,
como en todas las luchas, hay héroes, que se dan
enteros al servicio.... y se pierden antes de alcanzar
la meta.
Petrov calló, y Alberto, levantando la cabeza
gritó en voz alta: "¡Es verdad!, ¡es verdad!" -pero su
voz se apagó sin ningún sonido.
-Eso no os concierne -siguió con severidad el
pintor Petrov- ¡Sí humilladle, despreciadle, pero de
todos nosotros es el mejor y el más feliz!
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Alberto, que escuchaba todas esas palabras con
la alegría en el alma, no pudo contenerse y se acercó
a su amigo para abrazarle.
-Vete, que no te conozco -respondió Petrov-. Si-
gue tu camino, si no, no llegarás ...
-¡Mira cómo se ha puesto!, no podrá llegar -gritó
e guardia al volver la esquina.
Alberto se levantó, juntó sus fuerzas y, tratando
de no tambalearse, dobló la callejuela. De allí a la
habitación de Anna Ivanovna no había más que a l-
gunos pasos. La luz de la antesala reflejábase sobre
la nieve del patio; cerca de la puerta cochera estaban
estacionados gran número de trineos y coches.
Apoyando su helada mano en la barandilla, subió
la escalera y llamó. El dormido rostro de la criada
mostróse por la ventanilla de la puerta mirando con
aire de desprecio a Alberto: "No se puede entrar
-gritó-. Tengo orden de no dejar entrar", y cerró de
golpe la ventanilla. El sonido de la música y las v o-
ces de las mujeres llegaban hasta la escalera; Alberto
sentóse en el suelo, apoyó la cabeza en la pared y
cerró los ojos.
Tan pronto como los cerró, le asaltó una mult i-
tud de visiones extrañas que, con mayor fuerza, le
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transportaron de nuevo al hermoso y libre reino del
sueño.
"Sí, es el mejor y el más feliz" -repetía involunta-
riamente en su imaginación-. A través de la puerta
oíanse los compases de la polka y sus sonidos de-
cíanle también que era el mejor y el más feliz. De la
cercana iglesia oíase el continuo repique de camp a-
nas las cuales repetían: "Sí, es el mejor y el más f e-
liz... Iré otra vez a la sala -pensó Alberto-; Petrov
debe estar hablando todavía." En la sala ya no había
nada; y en vez de Petrov, estaba Alberto subido en
el estrado, tocando con el violín todo lo que antes
decía la voz. Pero el violín era muy raro, era todo de
cristal. Lo tenía que coger con las dos manos y
apretarlo con fuerza contra el pecho para que toc a-
ra. Los sonidos eran tan dulces y agradables, que
Alberto no había oído nunca nada que lo igualase;
mientras más apretaba el violín contra su pecho, los
sonidos eran más encantadores, dulces y rápidos. Y
se iluminaban las paredes de una luz transparente.
Tenía que tocar con mucho tacto para no romper el
violín; Alberto tocaba en el instrumento de cristal,
con gran maestría, trozos que él oía bien, pero que
nadie oiría jamás; ya empezaba a cansarse cuando le
distrajo un sordo y lejano ruido.; era el de una ca m-
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pana que pronunciaba estas palabras: "¡Sí -decía con
una agudo y lejano repiqueteo-, os parece un mis e-
rable, le despreciáis, pero es el mejor y el más feliz!
¡Nadie tocará jamás ese instrumento!”
Estas palabras, no conocidas ni oídas le pareci e-
ron de pronto tan inteligibles, tan nuevas y tan ju s-
tas, que cesó de tocar, y esforzándose para no hacer
ruido, levantó las manos y elevó los ojos al cielo.
Sentíase en aquellos momentos hermoso y feliz. La
sala estaba vacía, y, sin embargo, Alberto levantaba
con arrogancia la cabeza, irguiéndose en el estrado
para que todos pudiesen verle. De pronto una mano
le tocó ligeramente en la espalda; volvióse, y en la
media luz que reinaba distinguió a una mujer.
Ésta le miró tristemente y movió la cabeza; él
comprendió enseguida que lo que hacia no estaba
bien y le dio vergüenza.
-"¿Qué queréis?" -le preguntó. La desconocida le
miró un instante con fijeza y movió de nuevo la c a-
beza.
Era, sin duda alguna, su amada; su vestido era el
mismo, un hilo de perlas rodeaba su blanquísimo
cuello, y llevaba los brazos desnudos hasta el codo;
aquella mujer le cogió la mano y le condujo fuera de
la sala.
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-"La salida es por el otro lado" -dijo Alberto-; la
mujer no contestó y con la sonrisa en los labios le
llevó fuera de la sala. Al llegar al umbral, Alberto vio
el agua y la luna; pero el agua no estaba abajo como
es lo natural ni la luna en el cielo, sino que la luna y
el agua estaban arriba, abajo y por todas partes. A l-
berto lanzóse con ella hacia la luna y hacia el agua y
comprendió que podía besar y abrazar a la que más
amaba en el mundo. Mientras la besaba sentía en
todo su ser una felicidad sin límites.
-"¿No es un sueño?" -se pregunta-. Pero no, era
la realidad, más que la realidad; era la realidad y el
recuerdo. Presentía que la felicidad inapreciable que
gozaba en aquellos instantes, pasaría para no hallarla
nunca más.
"¿Por quién, pues, lloro?" -le preguntó-. Ella le
miraba triste y silenciosamente. Alberto comprendió
lo que aquello quería decir.
-Pero, ¿cómo puede ser si aún estoy vivo?" -pro-
nunció-. La mujer, sin responderle e inmóvil, mir a-
ba hacia adelante.
-"¡Esto es horrible! ¿Cómo decirle que estoy v i-
vo?" -pensó con horror-. ¡Dios mío!, ¡estoy vivo!,
¿comprendéis? -murmuró.
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-" ¡Es el mejor y el más feliz!" -seguía diciendo la
lejana voz.
Era algo que pesaba cada vez con más fuerza s o-
bre Alberto. ¿Era la luna, el agua, los besos o las
lágrimas? No lo podía comprender, pero no se le
ocultaba que muy pronto habría concluido todo.
Dos invitados salieron de casa de Anna Ivanovna
tropezaron con Alberto, que estaba tirado en el
suelo. Uno de ellos entró para llamar al ama de la
casa.
-Esto es inhumano -dijo-; haber dejado que este
hombre se helara aquí toda la noche.
-¡Ah! ¡Es Alberto! ¡Ya estoy cansada de él! -res-
pondió-. Annuchka, metedlo en cualquier rincón de
la sala -dijo a la criada.
-Pero si aún estoy vivo, ¿por qué me enterráis?
-murmuró dentro de sí mismo Alberto, mientras le
entraban sin conocimiento en la habitación.
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g(137727)a(1370685))
-pensó.
-¿Cómo está el músico? -fue la primera pregunta
que hizo al entrar ya tarde en su casa.
-Está bastante mal -respondió brevemente y con
voz sonora Zakhar-. Se pasa el tiempo tosiendo y
suspirando sin decir una palabra. Varias veces me ha
pedido aguardiente, y le he dado ya un vasito. De lo
contrario era de temerse que le perdiéramos. Es
corno el empleado...
-¿Ha tocado el violín?
-Ni siquiera lo ha mirado; dos veces se lo llevé y
cogiéndolo con cuidado me lo ha devuelto siempre
-respondió Zakhar sonriendo-. ¿No ordenáis que se
le dé de beber?
-No; esperemos un día y veremos lo que pasa.
¿Qué hace ahora?
-Está encerrado en el salón.
Delessov pasó a su despacho y tomó algunos l i-
bros en francés y el Evangelio en alemán.
-Mañana ponle estos libros en su cuarto, y cuid a-
do con dejarle salir -le dijo a Zakhar.
A la mañana siguiente, Zakhar informó de que el
músico no había dormido en toda la noche, y que
había tratado de abrir las puertas, pero que gracias a
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sus cuidados estaban bien cerradas; díjole además
que, haciéndose el dormido, había oído a Alberto
hablar bajo, agitando con fuerza las manos.
Alberto volvióse de día en día más sombrío y
más silencioso. Parecía como si le inspirase miedo
Delessov, y cada vez que sus miradas se encontr a-
ban, se advertía en su rostro una sensación inusitada
de espanto. No tocó ni los libros ni el violín, y
guardaba el silencio más absoluto cuando se le pr e-
guntaba algo.
Algunos días después de haber dado albergue al
músico, llegó Delessov a su casa bastante tarde,
notándose en él mucho cansancio y contrariedad.
Durante todo el día había estado haciendo gestiones
para cierto negocio que le pareció muy fácil y, como
pasa casi siempre, a pesar de todo su cuidado, no
había obtenido lo que deseaba. Además, en el club
había perdido algo y estaba de muy mal humor.
-¡Que Dios le proteja! -respondió a Zakhar, el
cual le explicaba la triste situación de Alberto-. Ma-
ñana le preguntaré definitivamente si quiere queda r-
se en casa y seguir mis consejos. Si no, peor para él;
me parece que he hecho todo lo que he podido.
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La palabra "todos" se refería los hombres en g e-
neral y en particular a aquéllos con quienes había
hablado por la mañana.
"¿Qué será de él ahora? ¿En qué piensa?, ¿qué es
lo que le entristece? ¿Echa de menos el desarreglo y
humillación en que vivía, la mendicidad de donde le
he sacado?" Evidentemente ha caído muy bajo para
que pueda acostumbrarse de nuevo a una vida ho n-
rada...
"No, es una chiquillada -dijo Delessov-. ¿Por qué
me he de meter a corregir a los demás? Que Dios
me permita arreglarme a mi mismo." Quiso dejarle
marchar enseguida, pero reflexión ó un momento y
lo dejó para el día siguiente.
Durante la noche, Delessov despertó con el ru i-
do de una mesa que se había caído en la antesalas, y
oyó voces y pasos en la misma. Encendió una bujía
y escuchó con ansiedad...
-Esperad, que iré a llamar al amo -decía Zakhar.
Alberto murmuraba palabras incoherentes, De-
lessov saltó del lecho y con la bujía en la mano c o-
rrió a la antesala. Zakhar, en traje de noche, estaba
de pie delante de la puerta. Alberto, con el sombr e-
ro y el abrigo, trataba de apartarle de la puerta, gr i-
tando con voz quejumbrosa.
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-No podéis impedirme el paso, tengo el pas a-
porte; yo no me llevo nada, podéis registrarme si
queréis; iré al jefe de policía.
-Permitidme -dijo Zukhar a su amo, mientras
continuaba defendiendo la puerta con la espalda-.
Se ha levantado esta noche, ha encontrado la llave
de mi abrigo y se ha bebido una botella entera de
aguardiente azuca rado. ¿Está bien eso? Y ahora
quiere marcharse.
-¡Nadie puede detenerme! No tenéis ese derecho
-gritaba elevando cada vez más la voz.
-Quítate de ahí, Zakhar -dijo Delessov, y di-
rigiéndose a Alberto:
-Yo no quiero ni puedo deteneros, pero os acon-
sejo quedaros hasta mañana.
-Nadie puede detenerme, iré a ver al jefe de pol i-
cía -gritaba cada vez con más fuerza Alberto, dir i-
giéndose tan sólo a Zakhar y sin mirar a Delessov-
¡Ladrones! -gritó de pronto con espantosa voz.
-Pero, ¿por qué gritáis así? Nadie os detiene Za-
khar abriendo la puerta.
Alberto cesó de gritar.
-¡No lo habéis logrado! ¿Queríais matarme?
¡Pues, no! -murmuró tomando sus zapatos de goma.
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Sin decir adiós y mascullando palabras inco m-
prensibles, salió; Zakhar le alumbró hasta la puerta y
volvió.
-¡Gracias a Dios! Hubiera acabado mal -dijo a su
amo-. Ahora hay que mi rar los objetos de plata, a
ver si están todos.
Delessov movió la cabeza sin responder. Acor-
dábase de las dos primeras veladas pasadas con el
músico; los días tristes que por su culpa había pas a-
do Alberto, prin cipalmente se acordaba del sent i-
miento mezclado de ad miración, de amor y de
piedad, que desde el primer momento le inspiró ese
hombre extraño.
Empezaba a compadecerle. "¿Qué va hacer, sin
dinero, sin ropa, solo en medio de la noche?..." Qui-
so mandar a Zakhar en su busca, pero ya era tarde.
-¿Hace mucho frío? -preguntó Delessov.
-Una helada muy fuerte -respondió Zakhar-. Ha-
bía olvidado deciros que se tendrá que comprar leña
antes de la primavera.
-¿Cómo es posible? Tú habías dicho que aún
quedaría...
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En efecto, afuera hacía muchísimo frío; pero A l-
berto no lo sentía por la excitación que le produj e-
ron el vino y la discución.
Una vez en la calle volvió la vista y se frotó las
manos de contento. La calle estaba desierta y brill a-
ban aún en ella las largas filas de faroles. El cielo
estaba estrellado. "¡Bah!" -exclamó dirigiéndose a la
ventana alumbrada de Delessov, metiendo las m a-
nos bajo el pardesú en los bolsillos del pantalón.
Con el paso indeciso y el cuerpo inclinado hacia
adelante, iba Alberto por la derecha de la calle. Se n-
tía en el estómago y en las piernas una pesadez e x-
traordinaria; un ruido extraño llenaba la cabeza; una
fuerza invisible le tiraba de un lado a otro, pero él
seguía avanzando en dirección a la casa de Anna
Ivanovna.
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En su cabeza germinaban ideas extrañas e i n-
coherentes. Unas veces acordábase de su última dis-
cusión con Zakhar; otras, de su madre y su primera
llegada a Rusia en el barco; o bien de alguna noche
pasada en compañía de un amigo en la tienda por
delante de la cual pasaba; ora en su imaginación
empezaba a cantar los trozos que se le ocurrían,
acordándose del objeto de su pasión y de la noche
terrible pasada en el teatro.
Pero, a pesar de su incoherencia, todos estos r e-
cuerdos se presentaban a su imaginación con tanta
claridad, que cerrando los ojos no sabía darse
cuenta de cuál era la realidad, si lo que hacia o lo
que pensaba. No se acordaba de nada, ni sabía por
qué sus piernas se adelantaban sin querer, y tamb a-
leándose daba contra las paredes; miraba alrededor
y pasaba de una calle a otra. Sentía y se acordaba tan
sólo de las cosas extrañas y embrolladas que en su
imaginación se sucedían y se presentaban.
Al pasar cerca de la pequeña Moraskaia, Alberto
tropezó y cayó, y, como despertado por un m o-
mento, vióse delante de un magnífico edificio. En el
cielo no se veían ni estrellas ni luz; tampoco había
luz en la tierra, pero todos los objetos distinguíanse
claramente. En las ventanas del edificio que se l e-
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vantaba al final de la calle, brillaban algunas luces,
que oscilaban como débiles reflejos. El edificio se
iba acercando cada vez más donde estaba Alberto;
destacándose más netamente... pero las luces des a-
parecieron al penetrar Alberto por sus anchas
puertas. El interior era sombrío, los pasos reson a-
ban sonoros bajo la bóveda, y, al acercarse, las
sombras se desligaban y huían. "¿Por qué he venido
aquí?" -pensó Alberto; pero una fuerza invisible le
empujaba adelante hacia el fondo de una inmensa
sala... Allí había un estrado alrededor del cual había
mucha gente en silencio. "¿Quién hablará?"
-preguntó Alberto. Nadie respondió, pero le desi g-
naron el estrado. Sobre el mismo estaba ya un
hombre alto, delgado con las cabellos erizados y en
traje de casa. Alberto conoció enseguida en él a su
amigo Petrov. "¡Qué extraño es que esté aquí!"
-pensó Alberto-. "¡No, hermanos míos! -decía Pe-
trov señalándome a mí-, no habéis comprendido a
un hombre que vivía entre vosotros; no lo habéis
comprendido! No era un artista cualquiera, ni un
tocador mecánico, ni un loco, ni un hombre perd i-
do; era un genio, un gran genio musical despreciado
por todos nosotros.”
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Alberto comprendió al momento de quién h a-
blaba su amigo, pero por no molestarle, por m o-
destia, bajó la cabeza.
-En él, ese fuego sagrado de que todos nos ser-
vimos, lo ha consumido todo como una simple paja.
Pero él ha cumplido cuanto Dios puso en él, y por
eso debemos llamarle un gran hombre. Vosotros
podíais despre ciarle, hacerle sufrir, humillarle
-continuó elevando cada vez más la voz-. Pero era y
será infinitamente supe rior a todos vosotros; nos
desprecia a todos, pero se consagra tan sólo a lo que
le viene de arriba. Ama una sola cosa, lo bello, el
solo bien indispensable en el mundo. ¡Sí; hele aquí,
éste es! ¡Caed todos ante él de rodillas! -gritó en voz
alta-.
En este momento surgió otra voz al otro lado de
la sala. -Yo no quiero arrodillarme delante de él
-dijo la voz, en la que Alberto reconoció a Delessov.
-¿Por qué es grande? ¿Y por qué hemos de incl i-
narnos delante de él? ¿Se ha conducido con lealtad?
¿Ha sido útil a la sociedad? Sabemos que ha pedido
dinero prestado y que no lo ha devuelto; que tia
empeñado el violín de uno de sus amigos...
-"Dios mío, ¿cómo sabe todo eso?" -pensaba Al-
berto bajando cada vez más la cabeza.
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-¡Sabemos que por el dinero adulaba a los ho m-
bres! -continuó Delessov-. ¿No sabemos acaso c ó-
mo le despidieron del teatro? ¿Cómo Anna
Ivanovna quiso entregarle a la policía?
-¡Dios mío!, todo eso es verdad, pero defiénd e-
me, tú eres el único que sabes por qué he hecho
todo eso -pronunció Alberto.
-Basta ya, tened vergüenza -replicó de nuevo la
voz de Petrov-. ¿Qué derecho tenéis para acusarle?
¿Habéis vivido su vida? ¿Habéis experimentado su
embeleso?
"Es verdad, es verdad" -murmuró Alberto.
-El arte es la manifestación más grande de la
potencia humana. Es el privilegio de los pocos el e-
gidos, que los eleva a una altura en que la cabeza
gira, y es difícil mantenerse incólume. En el arte,
como en todas las luchas, hay héroes, que se dan
enteros al servicio.... y se pierden antes de alcanzar
la meta.
Petrov calló, y Alberto, levantando la cabeza
gritó en voz alta: "¡Es verdad!, ¡es verdad!" -pero su
voz se apagó sin ningún sonido.
-Eso no os concierne -siguió con severidad el
pintor Petrov- ¡Sí humilladle, despreciadle, pero de
todos nosotros es el mejor y el más feliz!
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Alberto, que escuchaba todas esas palabras con
la alegría en el alma, no pudo contenerse y se acercó
a su amigo para abrazarle.
-Vete, que no te conozco -respondió Petrov-. Si-
gue tu camino, si no, no llegarás ...
-¡Mira cómo se ha puesto!, no podrá llegar -gritó
e guardia al volver la esquina.
Alberto se levantó, juntó sus fuerzas y, tratando
de no tambalearse, dobló la callejuela. De allí a la
habitación de Anna Ivanovna no había más que a l-
gunos pasos. La luz de la antesala reflejábase sobre
la nieve del patio; cerca de la puerta cochera estaban
estacionados gran número de trineos y coches.
Apoyando su helada mano en la barandilla, subió
la escalera y llamó. El dormido rostro de la criada
mostróse por la ventanilla de la puerta mirando con
aire de desprecio a Alberto: "No se puede entrar
-gritó-. Tengo orden de no dejar entrar", y cerró de
golpe la ventanilla. El sonido de la música y las v o-
ces de las mujeres llegaban hasta la escalera; Alberto
sentóse en el suelo, apoyó la cabeza en la pared y
cerró los ojos.
Tan pronto como los cerró, le asaltó una mult i-
tud de visiones extrañas que, con mayor fuerza, le
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transportaron de nuevo al hermoso y libre reino del
sueño.
"Sí, es el mejor y el más feliz" -repetía involunta-
riamente en su imaginación-. A través de la puerta
oíanse los compases de la polka y sus sonidos de-
cíanle también que era el mejor y el más feliz. De la
cercana iglesia oíase el continuo repique de camp a-
nas las cuales repetían: "Sí, es el mejor y el más f e-
liz... Iré otra vez a la sala -pensó Alberto-; Petrov
debe estar hablando todavía." En la sala ya no había
nada; y en vez de Petrov, estaba Alberto subido en
el estrado, tocando con el violín todo lo que antes
decía la voz. Pero el violín era muy raro, era todo de
cristal. Lo tenía que coger con las dos manos y
apretarlo con fuerza contra el pecho para que toc a-
ra. Los sonidos eran tan dulces y agradables, que
Alberto no había oído nunca nada que lo igualase;
mientras más apretaba el violín contra su pecho, los
sonidos eran más encantadores, dulces y rápidos. Y
se iluminaban las paredes de una luz transparente.
Tenía que tocar con mucho tacto para no romper el
violín; Alberto tocaba en el instrumento de cristal,
con gran maestría, trozos que él oía bien, pero que
nadie oiría jamás; ya empezaba a cansarse cuando le
distrajo un sordo y lejano ruido.; era el de una ca m-
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pana que pronunciaba estas palabras: "¡Sí -decía con
una agudo y lejano repiqueteo-, os parece un mis e-
rable, le despreciáis, pero es el mejor y el más feliz!
¡Nadie tocará jamás ese instrumento!”
Estas palabras, no conocidas ni oídas le pareci e-
ron de pronto tan inteligibles, tan nuevas y tan ju s-
tas, que cesó de tocar, y esforzándose para no hacer
ruido, levantó las manos y elevó los ojos al cielo.
Sentíase en aquellos momentos hermoso y feliz. La
sala estaba vacía, y, sin embargo, Alberto levantaba
con arrogancia la cabeza, irguiéndose en el estrado
para que todos pudiesen verle. De pronto una mano
le tocó ligeramente en la espalda; volvióse, y en la
media luz que reinaba distinguió a una mujer.
Ésta le miró tristemente y movió la cabeza; él
comprendió enseguida que lo que hacia no estaba
bien y le dio vergüenza.
-"¿Qué queréis?" -le preguntó. La desconocida le
miró un instante con fijeza y movió de nuevo la c a-
beza.
Era, sin duda alguna, su amada; su vestido era el
mismo, un hilo de perlas rodeaba su blanquísimo
cuello, y llevaba los brazos desnudos hasta el codo;
aquella mujer le cogió la mano y le condujo fuera de
la sala.
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-"La salida es por el otro lado" -dijo Alberto-; la
mujer no contestó y con la sonrisa en los labios le
llevó fuera de la sala. Al llegar al umbral, Alberto vio
el agua y la luna; pero el agua no estaba abajo como
es lo natural ni la luna en el cielo, sino que la luna y
el agua estaban arriba, abajo y por todas partes. A l-
berto lanzóse con ella hacia la luna y hacia el agua y
comprendió que podía besar y abrazar a la que más
amaba en el mundo. Mientras la besaba sentía en
todo su ser una felicidad sin límites.
-"¿No es un sueño?" -se pregunta-. Pero no, era
la realidad, más que la realidad; era la realidad y el
recuerdo. Presentía que la felicidad inapreciable que
gozaba en aquellos instantes, pasaría para no hallarla
nunca más.
"¿Por quién, pues, lloro?" -le preguntó-. Ella le
miraba triste y silenciosamente. Alberto comprendió
lo que aquello quería decir.
-Pero, ¿cómo puede ser si aún estoy vivo?" -pro-
nunció-. La mujer, sin responderle e inmóvil, mir a-
ba hacia adelante.
-"¡Esto es horrible! ¿Cómo decirle que estoy v i-
vo?" -pensó con horror-. ¡Dios mío!, ¡estoy vivo!,
¿comprendéis? -murmuró.
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-" ¡Es el mejor y el más feliz!" -seguía diciendo la
lejana voz.
Era algo que pesaba cada vez con más fuerza s o-
bre Alberto. ¿Era la luna, el agua, los besos o las
lágrimas? No lo podía comprender, pero no se le
ocultaba que muy pronto habría concluido todo.
Dos invitados salieron de casa de Anna Ivanovna
tropezaron con Alberto, que estaba tirado en el
suelo. Uno de ellos entró para llamar al ama de la
casa.
-Esto es inhumano -dijo-; haber dejado que este
hombre se helara aquí toda la noche.
-¡Ah! ¡Es Alberto! ¡Ya estoy cansada de él! -res-
pondió-. Annuchka, metedlo en cualquier rincón de
la sala -dijo a la criada.
-Pero si aún estoy vivo, ¿por qué me enterráis?
-murmuró dentro de sí mismo Alberto, mientras le
entraban sin conocimiento en la habitación.
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