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domingo, 27 de mayo de 2007
EL MÚSICO
ALBERTO
LEON TOLSTOI


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EL MÚSICO ALBERTO
3

I
A las tres de la mañana, cinco jóvenes de ap a-
riencia fastuosa entraban en un baile de San Pe-
tersburgo, dispuestos a recrearse. Bebíase champaña
copiosamente. La mayoría de los invitados eran muy
jóvenes y abundaban entre ellos las mujeres jóvenes
también y hermosas. El piano y el violín tocaban sin
interrupción, una polka tras otra. El baile y el ruido
no cesaban; pero los concurrentes parecían aburr i-
dos; sin saber por qué era visible que no reinara allí
la alegría que en tales fiestas parece debe reinar.
Varias veces probaron algunos a reanimarla, pero
la alegría fingida es peor aún que el tedio más pr o-
fundo.
Uno de los cinco jóvenes, el más descontento de
sí mismo, de los otros de la velada, levantóse con


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aire contrariado, buscó su sombrero y salió con la
intención de marcharse y no volver.
La antesala estaba desierta, pero al través de una
de las puertas oíanse voces en el salón contiguo. El
joven se detuvo y púsose a escuchar.
-No se puede entrar...; están los invitados -decía
una voz de mujer.
-Que no se puede pasar, porque allí no entran
más que los invitados -dijo otra voz de mujer.
-Dejadme pasar, os lo ruego, pues eso no i m-
porta -suplicaba una voz débil de hombre.
-Yo no puedo dejaros pasar sin el permiso de la
señora-. ¿A dónde vais? ¡Ah!...
Abrióse la puerta y en el umbral apareció un
hombre de aspecto extraño. Al ver salir al joven, la
criada cesó de retenerle y el extraño personaje sal u-
dó tímidamente, y, tambaleándose en sus corvas
piernas, entró en el salón. Era un hombre de m e-
diana estatura, la espalda encorvada y los cabellos
largos y en desorden. Llevaba abrigo roto, pantal o-
nes estrechos y rotos, botas abiertas y en muy mal
estado; una corbata parecida a una cuerda se anud a-
ba en su blanco cuello. Una camisa sucia le salía por
las mangas, sobre las flacas manos. Pero, a pesar de
la extraordinaria magrura de su cuerpo, su cara era


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blanca y fresca, y un ligero carmín coloreaba sus
mejillas entre la barba y las patillas negras. Los c a-
bellos en desorden descubrían una frente hermosa y
pura. Los ojos sombríos, cansados, miraban fija y
humildemente, y al mismo tiempo con gravedad.
Esta expresión confundíase de modo agradable con
la de sus frescos y arqueados labios, que se perc i-
bían bajo el escaso bigote.
Dio algunos pasos y se detuvo; volvióse hacia el
joven y sonrió. Sonrió con algún esfuerzo, pero
cuando esta sonrisa asomó a sus labios, el joven, sin
explicarse por qué, sonrió también.
-¿Quién es ese hombre? -preguntó en voz baja la
criada, cuando el otro hubo desaparecido hacia la
sala donde se bailaba.
-Es un músico de teatro, un loco -respondió la
doncella. A veces visita a la señora.
-¿Dónde te has metido, Delessov? -clamaron en
la sala.
El joven a quien llamaban Delessov volvió al
salón.
El músico estaba cerca de la puerta, observando
a los que bailaban, y su sonrisa, su mirada y sus m o-
vimientos, daban una idea exacta del placer que le
producía el espectáculo.


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-¡Vamos, bailad también! -le dijo uno de los j ó-
venes.
El músico saludó y dirigió a la señora una mirada
indagatoria.
-Podéis hacerlo, ya que estos señores os inv itan
-dijo la dama.
Los débiles y flacos miembros del músico c o-
menzaron a agitarse con violencia, y, guiñando el
ojo con una sonrisa, púsose a saltar locamente por
la sala. En medio del baile, un oficial muy alegre y
que bailaba bastante bien, chocó por casualidad con
el músico. Sus febles y cansadas piernas perdieron el
aplomo, y el músico dio un traspié y cayó cuan largo
era. A pesar del ruido seco que produjo su caída, a
la primera impresión todos se echaron a reír. Al ver
que el músico no se levantaba, calláronse los que
reían, paróse el piano y Delessov fue el primero que
se acercó al músico apresuradamente, con la señora
de la casa. Estaba el caído apoyado en un codo y
miraba al suelo sin expresión ninguna. Cuando le
hubieron levantado y le sentaron en una silla, con
un movimiento rápido apartóse los cabellos que
tenía en la frente, sonriendo, sin contestar a las pr e-
guntas que le hacían.


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-¡Señor Alberto! ¡Señor Alberto! -decía la señora
de la casa. ¿Os habéis hecho daño? ¿Dónde? ¡Bien
os decía yo que no bailarais!... Está tan débil
-continuó dirigiéndose a los invitados. Si casi no
puede andar, ¡cómo quiere bailar!
-¿Quién es? -preguntaron a la señora.
-Un pobre hombre, un artista, un buen much a-
cho, pero un desdichado, como podéis ver...
La señora se expresó en esta forma con la mayor
naturalidad delante del músico. Éste se repuso y,
como asustándose de algo que no sabía lo que era,
empujó a los que le rodeaban, hizo un esfuerzo para
levantarse de la silla y exclamó: "¡no es nada!" Y p a-
ra probar que no sufría, probó a dar algunos saltos
en medio del salón; pero sin duda hubiera caído
otra vez, a no ser porque unos jóvenes le sostuvi e-
ron. Todos parecían cort ados; todos le contem-
plaban en silencio.
De pronto la mirada del músico se apagó de
nuevo, y olvidándose sin duda de los que le rode a-
ban, rascóse con fuerza la rodilla. A poco levantó la
cabeza, echóse los cabellos hacia atrás, y acercánd o-
se al violinista le quitó el instrumento.
-No ha sido nada -repitió agitando el violín-. Se-
ñores, vamos a tocar...


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-¡Qué figura tan extraña! -decíanse los invitados.
-Quizá tenga un gran talento ese infeliz -dijo al-
guno.
-Infeliz, sí, infeliz... -pronunció un tercero.
-¡Qué hermoso semblante!... Hay en él algo e x-
traordinario -dijo Delessov. Veamos.


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II
Alberto, sin prestar atención a nadie, iba y venía
a lo largo del piano, mientras templaba el violín
apretado al hombro. Había plegado los labios en
una sonrisa indiferente; los ojos no se le distinguían,
pero la estrecha y huesosa espalda, el cuello largo y
blanco, las corvas piernas y la abundante cabellera
negra, le daban un aspecto extraño. Es difícil expl i-
carlo, pero no tenía nada de ridículo. Después de
haber templado el instrumento, se puso en tono y
dirigiéndose al pianista que se preparaba a acomp a-
ñarle.
-Melancolía, en do mayor -le dijo con un gesto
imperioso. Y como para pedirle perdón por ese
gesto, sonrió dulcemente y con esta sonrisa miraba
al público en torno.


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Alisándose los cabellos con la mano en que tenía
el arco, Alberto se detuvo en el ángulo del piano, y,
con un movimiento lento, hizo resbalar el arco por
las cuerdas. Un sonido delicado y puro llenó el s a-
lón; el silencio era absoluto.
Las notas iban saliendo libres y elegantes. Desde
el primer momento una luz clara, tranquila, inesp e-
rada, iluminó de súbito el mundo interior de cua n-
tos escuchaban. Ni una sola nota falsa o exagerada
turbó el silencio del auditorio. Los sonidos eran p u-
ros, armoniosos y graves. Los oyentes seguían en
silencio con febril ansiedad el desenvolvimiento del
tema. De un estado de fastidio, de diversiones enl o-
quecedoras y de sueños del alma, aquellos hombres
veíanse transportados a otro mundo que habían o l-
vidado del todo. En sus almas nacía unas veces el
sentimiento de la dulce contemplación del pasado,
otras, el recuerdo apasionado de alguna hora feliz;
ya el deseo ¡limitado de grandeza y esplendor, ya un
sentimiento de sumisión, de amor no satisfecho y
de tristeza. Los sonidos, tiernos y lastimeros, ráp i-
dos y desesperados, confundíanse libremente; desli-
zábanse uno tras otro, tan agradables, tan fuertes,
tan cautivadores, que ya no se oían, sino que en el
alma de cada uno se desbordaba un torrente de


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poesía, de belleza imaginada hacía mucho tiempo,
pero sentida por primera vez.!
Alberto se exaltaba más y más, y estaba muy lejos
ya de parecer feo y grotesco; con el violín apretado
a la barbilla, tocaba apasionadamente, agitando ne r-
vioso las piernas o enderezándose o encorvando
todo el cuerpo. Mantenía el brazo izquierdo plegado
e inmóvil, y sólo sus huesudos dedos se movían
nerviosamente, mientras el brazo derecho se movía
con lentitud, de una manera casi insensible y el e-
gante. Su cara revelaba el entusiasmo y la felicidad
más completos; estaba su mirada brillante y clara y
sus labios enrojecidos se entreabrían de placer. A
veces inclinaba más la cabeza sobre el violín, cerr a-
ba los ojos, y su cara, casi cubierta por la cabellera,
iluminábase con una sonrisa de dicha inmensa.
Otras veces enderezábase rápidamente, avanzaba
una pierna, y en su pura frente y en su ardiente m i-
rada, que paseaba alrededor de la sala, aparecían
grabadas la arrogancia y la fiereza con que sentía su
poder.
Dio el pianista de pronto una nota falsa y un
gran sufrimiento físico se expresó en todo el mús i-
co. Paróse un momento y golpeando el suelo con el
pie, gritó en tono de cólera infantil: "¡No es eso!" El


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pianista recobró el compás y Alberto entonces cerró
los ojos, sonrió, y olvidándose visiblemente de sí
mismo y de los demás, se abandonó completamente
a su música. Cuantos se halla ban en el salón mie n-
tras Alberto tocaba, guardaron un silencio religioso
y parecían no vivir ni respirar siquiera.
Un alegre oficial estaba sentado en una silla cerca
de la ventana, mirando al suelo, inmóvil, y dejaba
escapar de una vez en vez profundos suspiros. Las
jóvenes guardaban un silencio religioso. Sentadas a
lo largo de la pared, si un murmullo de aprobación
que rayaba en entusiasmo llegaba hasta ellas, se m i-
raban entre sí. El rostro afable y sonriente de la d a-
ma de la casa irradiaba placer. El pianista, con los
ojos fijos en Alberto, trataba de seguirle y se le a d-
vertía en el semblante su temor de equivocarse. Uno
de los invitados, que había bebido más que los
otros, recostado en un diván, trataba de no moverse
para no descubrir la emoción de que era presa. De-
lessov experimentaba una sensación desconocida;
fría corona que parecía crecer y luego se estrechaba
ceñía su cabeza; las raíces de los cabellos se le h a-
cían sensibles; frío de nieve subíale por la espalda y
llegaba a su garganta; finísimas agujas le picaban la
nariz y el paladar, y a pesar suyo rodábansele las lá-


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grimas por las mejillas... Se sacudía, quería enjuga r-
las sin que nadie lo advirtiera, pero otras brotaban
de sus ojos y rodaban por el rostro.
Por una extraña asociación de ideas, las primeras
notas del violín de Alberto transportaron a De-
lessov a su primera juventud. Él, que ya no era j o-
ven y estaba cansado de la vida, sentíase volver de
nuevo a los diecisiete años, hermoso, contento de si
mismo, bueno, inconsciente y feliz. Acodábase de
su primer amor, de su prima, vestida de color de
rosa, y de su primera declaración en la avenida de
los tilos; el ardor y el atractivo incomparables de un
beso furtivo; la ilusión de los misterios incompre n-
sibles que entonces te rodeaban. En el recuerdo que
surgía en medio de la espesa niebla de infinitas e s-
peranzas, de vagos deseos, de una fe inquebrantable
en la posibilidad de una felicidad imposible, brillaba
la imagen de ella. Todos los momentos no apreci a-
dos de esa época se le aparecían uno tras otro; pero
como el momento insípido del presente que huye,
sino como imágenes que se paran y, agrandándose,
van reproduciendo el pasado. Con infinita alegría las
contemplaba y seguía; mas no por el tiempo pasado
que hubiera podido emplear mejor, sino porque el
tiempo pasado no vuelve jamás. Los recuerdos iban


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agolpándose a su mente, y el violín de Alberto co n-
tinuaba diciendo siempre lo mismo; decía: "En ti ha
pasado para siempre el tiempo de la fuerza, del
amor y de la felicidad. Pasó para siempre. Llora lo
pasado; llora, hasta morir, sobre lo pasado... ¡Ésta es
la única felicidad que te queda!" Al final de la última
variación, el rostro de Alberto se fue poniendo rojo;
brillaban sus ojos extraor dinariamente; gruesas g o-
tas de sudor cayeron sobre sus mejillas; las venas de
la frente se le hincharon, su cuerpo agitose cada vez
con más fuerza; sus labios pálidos no se volvieron a
cerrar, y todo él parecía experimentar la avidez e n-
tusiasta del goce.
Con brusco movimiento del cuerpo y sacudiendo
la cabellera, bajó el violín; y, con una sonrisa de
majestuosa arrogancia y de felicidad inmensa, miró
a los presentes. Después enarcó la espalda, bajó la
cabeza, se plegaron sus labios, y, viendo con timidez
a su alrededor, se dirigió hacia la otra sala.


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III
Algo extraño ocurría entre los invitados y algo
extraño había también en el silencio que siguió a la
música de Alberto. Era como si cada uno hubiera
querido y no hubiese podido expresar todo aquello.
¿Qué significaba una sala bien alumbrada y tibia,
mujeres turbadoras, el alba asoman do por las ve n-
tanas, la sangre agitada y la impresión pura de los
sonidos? Nadie pre tendía explicar aquello. Al co n-
trario, casi todos, como no se sentían con fuerzas
para salirse de tan profunda impresión, se rebelaban
contra ella.
-En efecto, ejecuta perfectamente -dijo el oficial.
-¡Admirablemente! -respondió Delessov, que se
había escondido mientras se enjugaba las mejillas
con la manga.


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-Sin embargo, señores, es hora de irnos -dijo,
rehaciéndose un poco, el que estaba echado sobre el
diván-. Tendremos que darle algo: hagamos una
colecta.
Alberto estaba solo en la otra sala, sentado en el
diván; tenía los codos apoyados en las rodillas hu e-
sosas, y con sus manos sucias se frotaba el rostro.
Sus cabellos estaban desgreñados y mostraba una
sonrisa feliz.
La colecta fue fructuosa. Delessov se encargó de
ponerla en sus manos. Además, le vino la idea a
Delessov, en quien la música produjo una profunda
impresión, de protegerle. Había pensado llevarle a
su casa, vestirlo y hallarle un empleo cualquiera para
arrancarlo de su triste situación.
-¿Estáis cansado? -le preguntó al acercársele.
Alberto sonrió.
-Sois un verdadero talento. Deberíais ocuparos
seriamente de la música, tocar en público.
-Ahora bebería de muy buena gana -dijo Alberto
como si despertase de un prolongado sueño.
Delessov le trajo vino; el músico apuró con av i-
dez dos vasos.
-¡Qué buen trozo de música es esa melancolía! -
dijo Delessov.


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-¡Oh!, sí, sí -respondió Alberto sonriéndose Pero,
permitidme... No sé a quién tengo el honor de h a-
blar; quizá seáis un conde o un príncipe... ¿Podríais
prestarme un poco de dinero? -Callóse un momen-
to-. Yo no tengo nada... soy muy pobre... no podría
devolvéroslo.
-Delessov se sonrojó, apresurándose a entregar al
músico el dinero recogido.
-Muchísimas gracias -dijo Al berto cogiendo el
dinero-. Y ahora, si os place, vamos a tocar música,
yo tocaré tanto como queráis, pero os agradecería
que me dieras algo de beber -dijo levantándose.
Delessov le trajo otra vez vino y le instó para que
se sentara a su lado.
-Me dispensaréis si os hablo con franqueza, dijo
Delessov-. ¡Vuestro talento me ha interesado tanto!
Me parece que estáis en una situación muy difícil.
Alberto miraba, ya a Delessov, ya a la señora de
la casa, que acababa de entrar en la estancia.
-Permitidme que os ofrezca el auxilio de mi
amistad -Continuó Delessov -. Si necesitáis alguna
cosa...; me causaréis una verdadera satisfacción si
provisionalmente os intaláis en mi casa; yo vivo solo
y podría seros muy útil.
Alberto sonrió sin responder.


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-¿Por qué no le dais las gracias? -dijo la señora
interviniendo-. Es un beneficio para vos... Por mas
que no os lo aconsejaría -dijo dirigiéndose a De-
lessov con un movimiento de cabeza que expresaba
negación.
-Os lo agradezco mucho -dijo Alberto, estre-
chando entre sus húmedas manos las de Delessov-,
mas ahora os ruego que vayamos a tocar música.
Los invitados estaban ya dispuestos a retirarse y,
a pesar de las palabras de Alberto, fueron saliendo
todos del salón.
Alberto se despidió de la señora, tomó su so m-
brero ya muy usado, de anchas alas, un casacón
viejo de verano, su único abrigo, y fue bajando con
Delessov la escalinata.
Cuando Delessov se hubo sentado en el coche al
lado de su nuevo amigo, y sintió el olor repugnante
de vino y de sudor que despedía el músico, empezó
a lamentar el acto que había llevado a cabo, repr o-
chándose la infantil ternura de su corazón y su falta
de conocimiento. Por otra parte, la conversación de
Alberto era tan vulgar y tan falta de sentido, y el aire
libre había puesto tan de relieve su borrachera, que
Delessov empezó a sentir aprensión. "¿Qué haré
con él?", pensó.


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Al cabo de un cuarto de hora Alberto se reclinó,
el sombrero rodó a sus pies y, acomodado en un
rincón del coche, empezó a roncar. Las ruedas r e-
chinaban con regularidad sobre la nieve; la luz de la
aurora penetraba débilmente por los cristales del
carruaje.
Delessov contemplaba a su vecino. Este, e n-
vuelto en la capa, yacía cerca de él. Parecíale a De-
lessov que una cabeza alargada, con una gran nariz
negra, se balanceaba sobre el cuerpo del músico,
pero, mirándolo más de cerca, vio que lo que tom a-
ba por la nariz y la cara eran los cabellos, y que su
rostro estaba más abajo. Entonces la hermosura de
la frente y de la boca cerrada de Alberto le impr e-
sionaron de nuevo. Bajo la influencia del cansancio,
de los nervios, de la hora avanzada y de la música
que había oído, Delessov, mirándole el rostro, se
transportó de nuevo al mundo feliz entrevisto unas
horas antes. Otra vez recordó el tiempo feliz de su
juventud, y ya no se arrepentía de su acción. En
aquel momento quería a Alberto con sinceridad y
con vehemencia, y se prometía firmemente hacer
por el cuanto le fuera posible.


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IV
A la mañana siguiente, cuando Delessov se de s-
pertó para ir al servicio, vio con extrañeza en torno
suyo el biombo, su viejo criado, y el reloj sobre la
mesa. "¿No es acaso todo lo que quiero tener a mi
lado?", preguntóse. Entonces se acordó de los n e-
gros ojos y de la sonrisa del músico, y del motivo de
la Melancolía..., y toda la extraña noche de la víspera
pasó por su imaginación.
Sin embargo, no tuvo tiempo de preguntarse si
tenía o no razón para albergar al músico en su casa.
Mientras se arreglaba hizo mentalmente el reparto
del día: tomó papel, dispuso lo necesario para la c a-
sa, y apresuradamente se calzó las botas y se envo l-
vió en la capa. Al pasar por delante del comedor
miró hacia adentro: Alberto, con la cara escondida
entre los almohadones en desorden, con una camisa


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sucia y rota, dormía pesado sueño sobre el diván de
tafilete donde le instalaron la noche anterior sin c o-
nocimiento. "Hay algo que no va bien", pensó i n-
voluntariamente Delessov.
-Haz el favor de ir de parte mía a casa de Bora-
zovski, y pídele el violín por dos días. Para éste...
-dijo al criado-. Cuando despierte le haces tomar
café y le das alguna ropa mía. Te ruego que en todo
le satisfagas.
Cuando Delessov llegó por la noche a su casa, le
sorprendió no encontrar a Alberto.
-¿A dónde ha ido? -preguntó al criado.
-Se fue después de comer -respondió éste-; cogió
el violín y se fue prometiendo volver al cabo de una
hora... y aún no ha vuelto.
-¡Eso sí que me molesta! -exclamó Delessov-.
¿Por qué le has dejado salir, Zakhar?
Zakhar era un criado petersburgués que servía a
Delessov hacía ocho años. Éste, como soltero que
vive solo, le confiaba, sin querer, sus intenciones, y
le gustaba saber su opinión en todos sus asuntos.
-¿Cómo queríais que me hubiese atrevido a no
dejarle salir? -respondió Zakhar, mientras jugaba
con su gorro-; si me hubieseis dicho que le retuvi e-


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se, yo habría podido entretenerlo en casa; pero me
hablasteis tan sólo del vestido.
-¡Cuánto me contraría! ¿Qué hizo mientras yo
estuve fuera?
Zakhar sonrió.
-Se puede decir que es un verdadero artista. Tan
pronto como despertó, pidió vino Madera; después
estuvo jugando un buen rato con la cocinera y el
criado del vecino: ¡es muy bromista! Sin embargo,
tiene buen carácter. Le llevé el té y la comida, pero
no quiso comer nada, empeñado en invitarme
siempre... ¡Qué bien sabe tocar el violín! Estoy segu-
ro de que un artista así no se encuentra ni en casa de
Igler. A un artista así sí vale la pena sostenerlo.
Cuando tocó "Boguemos río abajo en el Volga pa-
ternal"... parecería que un hombre llorara. ¡ Hermo-
sísimo! Todos los criados de la casa entraron en la
sala para escucharle.
-Bueno; ¿le diste ropa? -interrogó el amo.
-Sin duda; te he dado una de vuestras camisas de
noche y mi abrigo. Se debe ayudar a un hombre así;
es verdaderamente un buen muchacho. -Zakhar se
sonrió-. Me ha estado preguntando el grado que
tenéis, si tenías altas e importantes amistades, y el
número de vuestros simos,-Está bien, está bien;


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ahora habrá que buscarle, y de aquí en adelante no
darle nunca de beber, si no, se pondrá peor aún.
-Es verdad -interrumpió Zakhar-; es evidente
que su salud está muy quebrantada. En casa, en casa
de los amos, había un empleado que siempre estaba
así...
Delessov, que hacía tiempo conocía la historia
del empleado, un borracho inveterado, no le dejó
concluir, y le ordenó prepararlo todo para la noche,
e ir en busca de Alberto y traérselo.
Se metió en cama, apagó la bujía, pero no pudo
dormir pensando siempre en Alberto. "Aunque esto
les parezca extraño a muchos de mis amigos
-pensaba Delessov-, es tan raro el poder hacer alg u-
na acción desinteresada, que hay que dar las gracias
a Dios cuando este caso se presenta; yo no dejaré de
hacerlo. Haré todo, absolutamente todo lo que pu e-
da para ayudarle. Quizá no esté loco y sea su extr a-
vío el efecto simplemente de la bebida. No me
costará caro, porque donde come uno comen dos.
Por ahora que viva conmigo; después ya le enco n-
traremos empleo para sacarle del banco de arena en
que está encallado; más tarde ya veremos"...
Una agradable satisfacción de sí mismo le e m-
bargó después de estas reflexiones.


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" Werdaderarnente no soy del todo malo; no, al
contrario, soy muy bueno en comparación con los
demás..." -pensó.
Estaba casi dormido cuando le distrajo el ruido
de la puerta que se abría y de unos pasos en la ant e-
sala.
"Tendré que ser más severo con él; debo hacerlo
y será mucho mejor" -se dijo.
Apoyó el dedo en el timbre y llamó.
-¿Qué, le has traído? -le preguntó a Zakhar, que
entraba-Ese hombre está en estado lastimoso -dijo
Zakhar moviendo la cabeza con solemnidad y c e-
rrando los ojos.
-Qué, ¿está ebrio?
-Está muy débil.
-Y el violín, ¿dónde está?
-Lo he traído; la señora me lo ha dado.
-Pues bien, te ruego que no le dejes pasar ahora,
métele después en la cama y mañana por la mañana
vigílale atentamente para que no salga de casa.
Pero aún no había salido Zakhar cuando Alberto
entraba ya en la habitación.


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V
-¿Ya queríais dormiros? -dijo Alberto sonriendo.
Estuve en casa de Anna Ivanovna; he pasado una
velada agradable. Se tocó música; hubo para reírse;
la reunión fue deliciosa. Permitidme que beba un
poco -añadió cogiendo el jarro de agua que estaba
encima de la mesa-; pero no es agua lo que deseo.
Alberto estaba como la víspera; la misma e n-
cantadora sonrisa en los labios, la frente despejada y
los miembros débiles. El abrigo de Zakhar le caía
admirablemente, y el cuello alto y limpio de la cami-
sa de noche encuadraba de una manera pintoresca
su cuello fino y blanco, dándole un aspecto señoril e
inocente. Sentóse en la cama de Delessov y le miró
en silencio con una sonrisa grata y alegre.
Delessov examinaba los ojos de Alberto, sintié n-
dose de nuevo atraído por el encanto de su sonrisa;
olvidó el deseo de ser severo con él, y quiso, al


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contrario, distraerse, oír al músico y estar hablando
amigablemente con él, aun hasta el amanecer. De-
lessov ordenó a Zakhar que trajese una botella de
vino, algunos cigarros y el violín.
-¡Ah, de perlas! -dijo Alberto-. Aún es temprano,
podemos tocar cuanto queráis.
Trajo Zakhar con gran satisfacción una botella
de Laffite, dos vasos, algunos cigarrillos de los que
fumaba Delessov, y el violín. Pero en vez de aco s-
tarse como su amo le ordenó, encendió un cigarro y
se sentó en la sala contigua.
-Mejor es que hablemos -dijo Delessov al músi-
co, que tomaba ya el violín.
Alberto se sentó con cuidado en la cama y volvió
a sonreír alegremente.
-¡Oh!, sí -dijo, dándose una palmada en la f rente
y tomando una expresión curiosa e inquieta, pues en
la expresión de su cara se leía siempre lo que pens a-
ba. - Permitidme que os pregunte... -Detúvose un
momento- Este caballero que estaba con vos ayer
noche... al que llamabáis N ¿no es el hijo del célebre
N?
-Su propio hijo -respondió Delessov no com-
prendiendo lo que eso pudiera interesar a Alberto.


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-Eso es -dijo sonriéndose con satisfacción. Le
reconocí al momento en sus modales particula r-
mente aristócratas. Me gusta mucho la aristocracia,
porque hay en ella elegancia y belleza. ¿Y aquel of i-
cial que bailaba tan bien? -preguntó-; también me
gustó mucho; parecía tan noble, tan alegre... Es el
ayudante del campo N.N.
-¿Cuál? -preguntó Delessov.
-Aquél con quien tropecé cuando bailábamos.
Debe se ser un corazón de oro.
-Es un libertino -respondió Delessov.
-¡Oh, no! -replicó calurosamente Alberto-. En él
se nota algo muy agradable, y es un buen músico
-añadió-. Tocó allí un trozo de ópera que desde h a-
ce mucho no había oído ni que me gustara tanto.
-Sí, toca bien; pero su estilo no me gusta -dijo
Delessov, que quería obligar a su interlocutor a h a-
blar de música-. No comprende la música clásica; y
la música de Donizetti y de Bellini no es música
buena. ¿No sois de esta opinión?
-¡Oh, no, no, dispensad! -dijo Alberto con expre-
sión deferente. La música antigua es una y la nueva
es otra. En la música nueva hay también trozos e x-
traordinariamente hermosos: ¡La Sonámbula!..., ¡el
final de Lucía! ¡ Chopin!... ¡Roberto! He pensado


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muchas veces.... -paróse un momento concentrando
el pensamiento-, que si Beethoven viviese, lloraría
de placer escuchando La Sonámbula. En todas pa r-
tes se encuentra lo bueno. La primera vez que oí La
Sonámbula fue cuando vinieron la Viardot y Rubini;
era.... ¡ah! -y brilláronle los ojos e hizo un gesto con
las manos, como si hubiese querido arrancarse algo
del pecho-; con un poquito más...
-Y ahora, ¿qué os parece la ópera? -preguntóle
Delessov.
-Bozia es buena, muy buena, extremadamente
elegante, pero no tiene nada aquí -dijo señalando su
hundido pecho-. A un artista le hace falta pasión y
ella no la siente. Como gustar ya gusta pero no e n-
tusiasma.
-¿Y Lablache?
-Le oí en París en el Barbero de Sevilla; en aqu e-
lla época era el único; pero ahora ya es viejo. No
puede ser actor, es demasiado viejo...
-Sí, es viejo, pero aún vale en la música de co n-
junto -dijo Delessov.
Este era su juicio respecto a Lablache.
-¿Cómo que qué importa que sea viejo? -Dijo
Alberto con severidad-. No debiera serlo. El artista
no debe nunca ser viejo. Se necesitan muchas cosas


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para el cultivo del arte, pero principalmente el fuego
sagrado -dijo con los ojos brillantes y levantando las
manos.
En efecto un fuego devorador brillaba en todo
él.
-¡Ah, Dios mío! -dijo de pronto-, ¿no conocéis a
Petrov, el pintor?
-No -respondió sonriendo Delessov.
-Me gustaría en extremo que pudieseis conocerle.
¡Recibiríais un gran placer oyéndole hablar! ¡Cómo
comprende el arte! Antes nos encontrábamos m u-
chas veces en casa de Anna Ivannovna; pero ésta,
por una cuestión baladí, se enfadó con él, y no ha
ido más. Me gustaría mucho que trabarais amistad
con él. Tiene mucho talento.
-¿Hace cuadros? -preguntó Delessov.
-No sé, creo que no.... ¡pero ha salido de la Ac a-
demia! ¡Qué ideas tiene! Cuando habla, es sorpren-
dente a veces lo que dice. ¡Oh!, Petrov es un gran
talento, pero lleva una vida muy agitada, muy al e-
gre.... ¡es lástima!, -añadió Alberto sonriendo; y c o-
giendo el violín se puso a templarlo.
-¿Hace mucho tiempo que salisteis de la ópera?
-Preguntó Delessov.
Alberto le miró y suspiró profundamente.


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-¡Oh!, ya ni me acuerdo -dijo soltando el violín y
cogiéndose la cabeza entre las manos; después sen-
tóse de nuevo al lado de Delessov.
-Os diré. ¡No puedo tocar allí..., porque no tengo
nada! Ni ropa, ni albergue, ni violín. ¡Mala vida,
mala vida! ¿Para qué allí?, ¿para qué? No hay nec e-
sidad. ¡Ah! ¡Don Juan! -dijo golpeándose la cabeza.
-Iremos un día juntos -dijo Delessov.
Alberto cogió sin contestar el violín y empezó a
tocar el final del primer acto de Don Juan explica n-
do al mismo tiempo el argumento de la ópera.
A Delessovse le erizaron los cabellos cuando t o-
có el trozo del comendador agonizante.
-No, no puedo tocar; hoy he bebido demasiado
-dijo tirando el violín. Tan pronto como hubo ac a-
bado de decirlo, se acercó a la mesa, se sirvió un
vaso de vino, y, bebiéndoselo de un trago, sentóse
otra vez en la cama al lado de Delessov.
Este miraba a Alberto sin quitarle los ojos de e n-
cima.
El músico sonreía de vez en cuando y Delessov
también. Los dos callaron, pero entre ellos se est a-
blecían, por la mirada y la sonrisa, relaciones cada
vez más estrechas. Delessov sentía un afecto cada


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vez mayor hacia Alberto, y experimentaba en todo
su ser una alegría inexplicable.
-¿Estáis enamorado? -le preguntó Delessov.
Alberto púsose pensativo por algunos segundos,
y pocos momentos después su cara se iluminó con
una sonrisa triste. Acercándose a Delessov, miróle
fijamente a los ojos.
-¿Porqué me lo preguntáis? -murmuró-. Pero, os
lo contaré todo porque me habéis agradado-, conti-
nuó, mirándolo mientras se volvía un poco-. Os
tengo que decir la verdad; os lo contaré tal como
sucedió.
Detúvose un momento y fijó los ojos en De-
lessov con mirada salvaje.
-Ya sabéis que soy un espíritu débil -dijo de
pronto-. ¡Sí, sí, estoy seguro que Anna Ivannovna os
lo ha contado todo, porque dice a todo el mundo
que yo estoy loco! No es verdad. lo dice de broma;
es una buena mujer, pero es cierto que hace algún
tiempo no me encuentro muy bien. -Alberto callóse
de bueno; sus ojos fijos y muy abiertos miraban h a-
cia la puerta oscura-. ¿Me habéis preguntado si
amaba? Sí, he amado. Hace mucho tiempo, cuando
aún estaba empleado en el teatro. Era segundo vi o-
lín en la ópera y ella venia al palco proscenio de la


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izquierda. -Alberto se levantó e inclinándose al oído
de Delessov, dijo-: ¿Para qué nombrarla? Si duda la
conocéis, todos la conocen... Yo trataba de no
amarla porque no soy más que un pobre artista y
ella era de la aristocracia; yo lo sabía, por eso me
contentaba nada más que con mirarla, sin pensar en
nada...
Alberto púsose pensativo, juntando sus recue r-
dos.
-Cómo sucedió, no lo puedo recordar; pero un
día me mandó llamar para que la acompañara con el
violín.... ¡yo, un pobre artista!... -dijo suspirando
mientras levantaba la cabeza-. Pero no, no puedo
explicarlo; no puedo. ¡Qué feliz fui entonces!
-Fuisteis muchas veces a su casa? - preguntó De-
lessov.
-Una vez, una sola vez... ¡pero fui muy culpable;
me volví loco; yo, un pobre artista y, ella, una dama
noble!... No le debía haber dicho nada, pero estaba
loco y cometí una torpeza... Desde entonces todo
concluyó para mí. Petrov dijo la verdad: Más me
hubiera valido verla solamente en el teatro...
-¿Qué hicisteis entonces? -preguntó Delessov.
-¡Ah! esperad, esperad... Eso no puedo explicarlo
-y ocultando el rostro entre las manos, callóse un


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momento-. Llegué tarde a la orquesta por haberme
entretenido bebiendo con Pretov, y me sentía muy
turbado. Estaba ella en su palco hablando con un
general, que no se quién seria; estaba sentada en la
delantera y tenía la mano apoyada sobre la barand i-
lla. Llevaba un vestido blanco, en el cuello un collar
de perlas. Mientras seguía hablando, me miró dos
veces; su peinado era así ... Yo no tocaba, estaba de
pie cerca del bajo y la miraba ... Por primera vez en
mi vida me sucedió una cosa extraña. Estaba h a-
blando con el general y me miraba; comprendí que
hablaba de mí; y de pronto me di cuenta de que no
estaba en la orquesta, que estaba en su palco y que
tenía sus manos entre las mías. ¿Que era aquello?
-exclamó Alberto, y calló...
-Vehemencias de la imaginación -dijo Delessov.
-Pero no... no puedo explicarlo -respondió Al-
berto crispándose todo-. Yo era ya un pobre, yo no
tenía casa, y cuando iba al teatro muchas veces era
para dormir...
-¿Cómo? ¿En el teatro? ¿En la sala de espect á-
culos, vacía, oscura?
-¡Oh!, yo no tengo miedo de esas tonterías. Es-
perad. Tan pronto como todos se habían marchado,
iba al palco donde ella se sentaba y me dormía allí.


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Esta era mi única alegría. ¡Qué noches he pasado en
ese lugar! Una sola vez gocé de veras una noche
parecida. Durante el sueño veía tantas cosas... pero
no, no puedo explicároslo todo. -Alberto bajó la
cabeza y miró a Delessov y preguntó otra vez-.
¿Qué era aquello?
-Es muy extraño -exclamó Delessov.
-No, esperad, oídme -y acercándose a Delessov
empezó a hablarle en voz baja-. Yo besaba su mano
y lloraba a los pies de ella... Después le estuve h a-
blando un buen rato, sintiendo el suave olor de pe r-
fumes, y el timbre de su voz; luego cogí el violín y
me puse a tocar con suavidad y, según creo, adm i-
rablemente. Nunca he tenido miedo de las tonterías
que cree el vulgo, porque no creo en ellas; pero
aquella noche pasó algo -dijo con extraña sonrisa y
poniéndose las manos en la cabeza-. Estaba asusta-
do por mi pobre espíritu, porque me parecía que
pasaba algo en mi cabeza. Quizá no fuese nada; ¿cu-
ál es vuestro parecer?
Quedáronse ambos silenciosos durante algunos
minutos.
Aunque las nubes cubran el cielo, El sol brilla
siempre claro...


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-cantó Alberto sonriendo dulcemente- ¿No es
verdad?
También yo he vivido y he gozado.
¡Qué bien interpretaba todo eso Petrov!
Delessov estaba silencioso, mirando con espanto
el pálido y emocionado semblante de su interloc u-
tor.


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VI
Zakhar acercóse de nuevo al comedor. Delessov
oyó la voz dulce de su criado y la voz débil y supl i-
cante de Alberto.
-¿Qué hay? -preguntó Delessov a Zakhar.
-Dice que se aburre; no ha querido levantarse;
está muy triste; no hace otra cosa que pedirme vino.
-No, me lo ha prometido; hay que tener energía
-dijo Delessov. Prohibió dar vino al artista y se puso
otra vez a leer, escuchando de todas maneras lo que
pasaba en el comedor. Allí nada se movía, tan sólo
de vez en cuando se oía una penosa tos de pecho
seguida de expectoraciones. Pasaron dos horas;
Delessov se vistió y antes de salir se decidió ir a ver
a su huésped. Alberto estaba inmóvil, sentado cerca
de la ventana, la cabeza apoyada entre las manos. Su
cara estaba amarilla, arrugada, y no solamente triste,
sino con señales de profunda desdicha. Trató de


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sonreír a guisa de saludo, pero su cara tomó una
expresión aún más triste. Hubiérase dicho que iba a
llorar; levantóse con gran trabajo y saludó.
-Si fuera posible obtener una copita de agua r-
diente -dijo con voz suplicante-. Os lo ruego, po r-
que estoy muy débil.
-Os aconsejo que toméis café; os irá mucho m e-
jor.
La cara de Alberto perdió instantáneamente su
expresión infantil. Miró a la ventana con la vista
empañada y fría, y se dejó caer sobre la silla.
-Mejor sería que almozarais.
-No, gracias, no tengo apetito.
-Si queréis tocar el violín, no me estorbáis para
nada -dijo Delessov, dejando el instrumento encima
de la mesa.
Alberto miró el violín con aire despreciativo.
-Estoy débil y no puedo tocar -dijo rechazando
el instrumento.
Después de esto, a todo lo que Delessov le pro-
ponía, ir al teatro, pasearse.... contestaba con un
humilde saludo, guardando obstinadamente el sile n-
cio más absoluto.
Delessov salió a hacer algunas visitas, comió con
los amigos y antes de ir al teatro entró en casa para


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cambiarse el traje y saber qué hacía el músico. A l-
berto estaba sentado en la antesala, complemente a
oscuras; tenía la cabeza apoyada entre sus manos y
contemplaba la estufa encendida. Se había lavado,
peinado y vestido con mucha limpieza, pero sus
ojos estaban velados y sin expresión; en todo su
cuerpo se notaba más debilidad y más fatiga que por
la mañana.
-Qué, ¿habéis comido? -preguntóle Delessov.
Alberto hizo un signo afirmativo con la cabeza, y
mirando con desconfianza a Delessov, bajó la vista.
Delessov se sintió apenado.
-Hoy he visto al director, al cual he hablado de
vos -dijo Delessov desviando la mirada-. Tendrá
mucha satisfacción en volver a veros. Si permitieseis
que él os oyese...
-Muchas gracias, no puedo tocar- pronunció en-
tre dientes Alberto y pasó a su habitación cerrando
la puerta tras si.
Algunos momentos después volvió a salir de la
habitación con el violín, dio una rápida y agresiva
mirada a Delessov, dejó el violín sobre una silla y
desapareció nuevamente.
Delessov se sonrió encogiéndose de hombros.


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